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Martes 16 de Septiembre del 2014

Miedo. La ansiedad y las fobias

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Vivo presa del miedo. La ansiedad y las fobias

En grafología (el estudio de la personalidad a través de la letra), llamamos fantasmas a los huecos exagerados que quedan entre palabra y palabra. Estos fantasmas lógicamente no tienen nada que ver con los espíritus, sino con nuestros propios fantasmas en el sentido de nuestros temores, nuestros miedos. Se llaman fantasmas, posiblemente, porque la mayoría de nuestros miedos son difusos, no tienen cara, ni entidad concreta y, sin embargo, nos atemorizan, nos inquietan y, sobre todo, nos limitan.
Cuando una persona vive presa del miedo, se siente inquieta, insegura. Una vaga sombra de peligro les persigue restándoles seguridad e impidiendo realizar determinadas cosas por miedo.

Sentimos miedo:

  • A equivocarnos.
  • A no agradar a los demás.
  • A salir de noche.
  • A viajar.
  • A los lugares con mucha gente.
  • A los lugares solitarios.
  • A que les pase algo a nuestros seres queridos.
  • A engordar.
  • A fracasar.
  • A tener éxito.
  • A no ser queridos.
  • A que nos engañen.
  • A la soledad.
  • A los trenes, aviones, coches, autocares, barcos, etcétera.
  • A darnos a conocer.
  • Al agua.
  • A los insectos.
  • A los perros.
  • A los gatos.
  • A que nos traicionen.
  • A las guerras.
  • A perder lo que poseemos.
  • Al dolor.
  • A la enfermedad.
  • A la muerte.

En definitiva, cuando los miedos nos invaden, tenemos miedo a la vida.
Cuando éramos niños, nos asustaban con ogros, brujas, lobos, hombres del saco, sacamantecas, camuñas, vampiros, fantasmas, el cuarto oscuro, el cuarto de las ratas, el demonio y toda una corte de seres terroríficos.
De mayores, somos víctimas de un auténtico bombardeo de malas noticias. Dado que las buenas noticias no son noticia, a todas horas y en todos los medios de comunicación aparecen sucesos escalofriantes: asesinatos, atentados, accidentes mortales, violencia de género, violaciones, atracos con violencia, imágenes de guerra, secuestros, desgracias naturales como terremotos, inundaciones, tornados...
La globalización permite que estemos inmediatamente al corriente de todo lo que ocurre en cualquier rincón del mundo. Es difícil ignorar este alud de información tremendista. El resultado es que llegamos a pensar que vivimos en un mundo extremadamente peligroso e incrementa la sensación de inseguridad en las personas. Lo que llega a crear una alarma social que hace que vivamos en constante sensación de alerta.
Sospecho que esta situación está disparando nuestros temores porque provoca una mayor incidencia de lo que se llama pensamiento catastrofista. Este tipo de pensamiento suele comenzar por: Y si... Y los puntos suspensivos se sustituyen por temores.

Te pongo un ejemplo:

Es sábado por la noche, Guadalupe está agotada por la dura semana que ha tenido.
Sus hijos adolescentes han salido “de marcha”.
Guadalupe tiene sueño y decide irse a la cama. Cuando se tumba y cierra los ojos, su mente empieza a maquinar: «Y si se meten en líos y terminan en una pelea». Ella sola se responde: «No, no, mis hijos son unos chicos muy tranquilos y no se van a meter en líos». Vuelve a intentar conciliar el sueño, pero aparece otro pensamiento catastrófico: «Y si tienen un accidente de coche. Ya se sabe que los jóvenes conducen de forma temeraria y a estas horas las carreteras están llenas de locos del volante». Guadalupe se inquieta más y más. A su lado, escucha la respiración apacible de su marido que indica que está profundamente dormido. Guadalupe le envidia y se dice a sí misma: «¿Cómo podrá este hombre dormir tan tranquilo con la de peligros que hay fuera?». Vuelve a intentar dormir, pero está demasiado inquieta. Permanece durante horas presagiando desgracias hasta que, por fin, oye la llave de la puerta.

¿Te suena esta situación? ¿Por qué crees que Guadalupe no puede dormir y su marido sí? Simplemente, porque él no alimenta el pensamiento catastrófico.
Un pensamiento puede venir de forma automática y eso es casi inevitable, pero sí somos responsables de lo que después hagamos con ese pensamiento. Si tenemos un pensamiento catastrófico y lo dejamos pasar, pierde fuerza. Sin embargo, si le permitimos que se instale, dando rienda suelta a nuestra imaginación para experimentar auténticos dramas en los que vamos montándonos una película llena de escenas más y más dramáticas, el resultado es un estado de inquietud tal que parece que lo que hemos pensado es real. Ya hemos hablado de que los pensamientos son sólo pensamientos.

¿Qué ha ganado Guadalupe dando rienda suelta al pensamiento catastrófico? Lo que ha ganado es dormir menos. Con un pensamiento catastrófico lo único que obtenemos es sufrimiento inútil y gratuito.
En el ejemplo de Guadalupe, el miedo básico es que suceda algo malo a sus seres queridos. Pero ya hemos visto que poseemos un abanico de miedos muy amplios.
Cuando el pensamiento catastrófico recae sobre uno mismo, la consecuencia es la evitación. Es decir, intentamos evitar enfrentarnos a aquello que nos atemoriza.

Te pondré otro ejemplo:

A Pablo le encanta bailar. Solía ir a discotecas con sus amigos y se divertía mucho, pero un día 31 de diciembre se encontraba en una discoteca que superaba con creces su aforo legal. Estaban tan apretados que apenas se podían mover. Hubo un contratiempo. Un gran altavoz cayó haciendo tal estruendo que superó el ruido reinante y cundió el pánico. La gente se precipitó hacia la salida creyendo que se trataba de un atentado. Milagrosamente, no hubo víctimas de consideración, pero todos sufrieron empujones y mucha angustia.
Pablo había estado cientos de veces en discotecas sin ningún problema, pero, a raíz de ese día, se planteaba: «¿Y si pasa algo malo?». Resultado: evitó las discotecas. Dejó de ir argumentando que ya no le divertía tanto. Optó por distracciones más tranquilas como el cine. Pero también empezó a pensar: «Y si el cine se incendia o hay alguna desgracia, ¿podremos salir ilesos todos los espectadores?». Y evitó ir al cine.

No te sigo contando la cadena de evitaciones que, en definitiva, limitan la vida de las personas que caen en las redes de los miedos.
Realmente, evitar enfrentarnos a aquello que nos atemoriza no es la solución.Ya has visto los nefastos efectos que tiene permitir que los miedos se apoderen de ti en el ámbito cotidiano. Ahora vamos a ver los efectos que tiene en tu organismo.


CONSECUENCIAS DE LOS MIEDOS PARA LA SALUD DEL CUERPO

Cuando vivimos instalados en la cuerda floja de los miedos, nuestro organismo reacciona segregando sustancias que, mientras se segregan esporádicamente de forma puntual, no son dañinas, pero, cuando están de forma continuada, pueden producir:

  • Úlceras pépticas y otros problemas digestivos.
  • Hipertensión.
  • Alteración del sistema inmunológico con aparición de alergias.
  • Envejecimiento prematuro del sistema nervioso y del cuerpo en general.
  • Problemas cardiovasculares.
  • Insomnio.
  • Aumento de las probabilidades de padecer cáncer.
  • Trastornos hormonales que pueden afectar al deseo sexual y a la fertilidad.

Para terminar el cuadro, nos encontramos con la aparición del trastorno por ansiedad.

La ansiedad es un problema psicológico que está estrechamente relacionado con el estrés y con los miedos. Es un cuadro psicosomático por excelencia porque afecta a la mente y al cuerpo. Sus síntomas comunes son:

  • Palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardíaca.
  • Sudoración.
  • Temblores o sacudidas.
  • Sensación de ahogo o falta de aliento.
  • Sensación de atragantarse.
  • Opresión o malestar torácico.
  • Náuseas o molestias abdominales.
  • Sensación de inestabilidad, mareo o desmayo.
  • Escalofríos.
  • Parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo en las extremidades).

Todo lo anterior se define como crisis de angustia y las personas que lo padecen o han padecido saben lo extremadamente desagradable que es.

Cuando llega a extremos insoportables, estamos hablando de fobias, que son miedos paralizantes y muy intensos.

Las fobias tienen que ser tratadas por profesionales porque son de tal intensidad que el individuo no las puede vencer sin ayuda. Sin embargo, sí puedes trabajarte los miedos con los ejercicios que ahora te propongo. Son unas pautas muy sencillas:

  1. Haz acopio de coraje y enfréntate a tus miedos.
  2. Cada vez que lo consigues, te refuerzas y pones en tu cuaderno una carita sonriente. Todo lo que consigues hacer una vez lo puedes hacer siempre.
  3. Haz paradas a lo largo del día para respirar lenta y profundamente.
  4. Practica la relajación.


 Margarita Rojas

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