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Miércoles 22 de Febrero del 2017

Estoy metido en un pozo

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La depresión y otros estados de ánimo bajos Luisa, una mujer de 52 años, ama de casa y madre de un hijo se sentía así: «He dejado de ser yo. Es como si estuviera metida en un pozo negro de donde no puedo salir».

La depresión es un trastorno del estado de ánimo tan antiguo como la humanidad. Ya en el Antiguo Testamento (Libro de Job, siglo XV a.C.) se recoge la descripción de un caso de depresión protagonizado por Saúl.
El efecto devastador que produce la depresión en el alma humana ha hecho que, durante siglos, haya sido objeto de reflexiones científicas, médicas, filosóficas y literarias.

Te acuerdas de la primera estrofa de la «Sonatina» de Rubén Darío?

«La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan por su boca de fresa,

Que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

Está mudo el teclado de su clave de oro;

Y en un vaso olvidado se desmaya una flor.»


Pero la depresión no es sólo tristeza. Ya hemos visto, al hablar de las emociones, que la tristeza, la pena y el abatimiento son estados normales ante acontecimientos adversos. Sólo podemos hablar de depresión cuando se viven de forma devastadora y se prolongan más allá del tiempo normal.
Las personas deprimidas sienten agotamiento vital. Tienen la sensación de que les falta la fuerza. También pierden la capacidad de ilusionarse y disfrutar con aquellas cosas que antes les proporcionaban placer. Esto es lo que los psicólogos llamamos anhedonia.

Esta sensación se agudiza con sentimiento de incapacidad, inutilidad o culpa. Luisa, por ejemplo, decía: «No sirvo para nada, lo que yo hago lo haría cualquiera mejor que yo. No tengo motivos para estar triste y estoy haciendo sufrir a mi familia.»
Para completar el cuadro, también aparecen síntomas físicos: dolores musculares, cefaleas, insomnio o hipersomnio (necesidad de dormir durante casi todo el día), trastornos digestivos y un largo etcétera. No olvidemos que la depresión afecta al sistema inmunológico y tendemos a coger más enfermedades.
Este conjunto de síntomas hace que la persona que padece una depresión empiece a tener ideas de desapego a la vida, que contemplan como una pesada carga. Tanto es así que, cuando observamos caminar a un deprimido, vemos que sus movimientos son lentos y algo torpes. Los pies se arrastran, los hombros caen, la cabeza baja y los ojos miran al suelo o parecen tener la mirada perdida, como viendo algo que los demás no ven y sin ver lo que hay alrededor.
En cuanto a su comunicación, suele ser muy escasa. Hablan poco, de forma pastosa y les cuesta concentrarse en las conversaciones. Con lo que cada día se van aislando más y esto hace que se hundan profundamente en el pozo de la tristeza.
En general, tenemos la idea de que una persona que padece depresión está llorando constantemente. Esto no es así: existen oscilaciones a lo largo del día y, además, las personas deprimidas pueden estar irritables.
A menudo me dicen en la consulta: «No me aguanto a mí mismo». No obstante, en la depresión, como en todo, hay grados: los hay leves y graves.
Pero vamos a dejar de hablar de los síntomas, te voy a ayudar para que te comprendas y darte la mano para que salgas del pozo.
Yo creo que la depresión es como un parásito que se instala, sin ser invitado, en nuestras vidas y que establece, desde dentro y de forma insidiosa, la manera de perpetuarse y crecer dentro de nosotros. Uno de sus mecanismos de mantenimiento y perpetuación es la pasividad. Los psicólogos lo llamamos inhibición; es decir, dejar de hacer. Cuando estamos deprimidos, dejamos de hacer cosas o nos cuesta un esfuerzo sobrehumano hacerlas.
Otro de los pilares donde se apoya el parásito de la depresión es el aislamiento. Cada vez nos cuesta más hablar con las personas que nos rodean. Es como si las personas deprimidas estuvieran metidas en una burbuja que los aísla del contacto con el exterior.
El tercer pilar donde cimienta este indeseable parásito yo lo llamo tristeza mórbida: es una especie de niebla perniciosa, un vacío, una “nada” que, sin ser en absoluto agradable, hace que la persona que tiene depresión se encuentre aislada ahí, de forma cuasi apacible (por eso tiene algo de morboso), sin poder salir de ahí.
Entonces, una vez tenemos el parásito de la depresión campando a sus anchas en nuestra mente, ¿qué podemos hacer? Mi respuesta es: ¡muchísimas cosas! Las irás viendo capítulo tras capítulo aunque la primera consigna, la más eficaz, es:

ANTE LA DEPRESIÓN: ACCIÓN.

Te propongo un ejercicio para sacudirte la depresión y expulsar de tu vida el incómodo parásito del que estamos hablando. Inicia tu día de la siguiente forma:

1. Al despertar, estírate dentro de la cama. Abre y cierra los puños, mueve los dedos de los pies, haz círculos con los tobillos, eleva las rodillas y mueve las piernas como si estuvieras nadando o dando pataditas al aire.

2.Luego, ya fuera de la cama, mira hacia la ventana y, en dirección a la calle, subes los brazos y te pones de puntillas tres veces.

3.Después, abres los brazos respirando profundamente como si quisieras abrazar el nuevo día y, al soltar el aire por la boca, vuelves los brazos delante del pecho. Hazlo tres o cuatro veces.

4.No importa la fecha del año que sea. Respirar el aire fresco de la mañana vivifica y fortalece el sistema inmunológico.

No es mucho pedir, ¿verdad? Pues hazlo estés o no deprimido. Y comprobarás los efectos casi mágicos que tiene empezar el día con unos cuantos estiramientos, acompañados de unas pocas respiraciones lentas y profundas.

No pretendo decir que la depresión se cure de forma tan simple, pero de granitos de arena está hecho el desierto. Con éste y otros ejercicios que iremos viendo, conseguiremos romper la burbuja que encierra a la persona deprimida. Un rayo de luz entrará en el negro pozo indicándote el camino de salida.


Por Margarita Rojas.

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