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Martes 26 de Septiembre del 2017

Moldear la forma de pensar.

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Hacelock Ellis: “El lugar donde más florece el optimismo es en los asilos de lunáticos” Albert Einstein: “Pues yo preferiría ser un optimista loco que un pesimista cuerdo”.

Alice Calaprice,
“Las citas de Einstein”, 1996

El segundo método eficaz para estimular el talante optimista consiste en adoptar un estilo de pensar positivo. Para ello, lo primero que tenemos que hacer es “pensar en cómo pensamos”. Con esto quiero decir que hay que analizar, cuestionar y valorar la sensatez, las ventajas y los inconvenientes de los juicios espontáneos que emitimos sobre nosotros mismos, nuestros semejantes, lo sucesos que nos afectan, sobre las probabilidades futuras de conseguir lo que deseamos y, en definitiva, sobre la vida en general.

El paso siguiente consiste en tratar de moldear nuestra forma de pensar par que sea lo más provechosa, favorable y sensata posible, nuestra tarea, como ya apuntaba William James hace casi un siglo, consiste en adoptar y practicar la nueva forma de pensar, aunque al principio lo hagamos de un modo premeditado o “artificial”. A la pregunta de “¿qué puede hacer la persona que se siente y está encerrada en sí misma?”, Bertrand Russell contestó: “ Si su perturbación se debe, por ejemplo, a la sensación de culpa por haber pecado, debe comenzar con convencer a su cerebro consciente de que no hay razón alguna para creerse persona pecadora. También es importante que esta persona se acostumbre a creer que la vida seguirá valiendo la pena”.

A continuación , ilustraré los aspectos problemáticos más frecuente de nuestra forma de pensar en situaciones concretas, y también haré algunos comentarios sobre los efectos perjudiciales de las creencias o suposiciones equivocadas más extendidas.

Todas las personas elaboramos pensamientos automáticos que resumen la evaluación que hacemos de una situación determinada. La intuición y el presentimiento son herramientas muy importantes para ayudarnos decidir. Sin ellas los seres humanos tendríamos gran dificultad para enjuiciar muchas circunstancias, especialmente las más inciertas.

Recuerdo a Roger, por ejemplo, un joven abogado de 29 años. Este hombre, de aspecto taciturno se quejaba de que se sentía desmoralizado porque llevaba mucho tiempo intentando encontrar un trabajo. Mientras repasábamos paso a paso su búsqueda de colocación, Roger cayó en la cuenta de que desde la primera vez que vio una oferta interesante en la sección de empleos de un diario, siempre que percibía una oportunidad laboral le venía a la mente el siguiente pensamiento reflejo: “ Para qué llamar, pensarán que no tengo nada que ofrecer”,. Después de reflexionar un rato ambos coincidimos en que semejante presagio era absurdo y paralizante. A los pocos días, Roger comenzó a acudir a agencias de empleo y después de varias semanas encontró un trabajo. Las probabilidades de acertar la quiniela son bajísimas, pero si no jugamos, son nulas.

La historia de Ana –37 años, una médica muy competente y respetada en su especialidad, segura de sí misma y atractiva –ilustra también cómo ciertos pensamientos que brotan de manera inmediata nos juegan una mala pasada. Durante mucho tiempo Ana había albergado la ilusión de formar una familia pero, al mismo tiempo, no podía evitar sentirse profundamente pesimista con respecto a sus posibilidades de tener una relación sentimental estable. Cuando le pedí que me explicara sus sentimientos, me respondió: “Estoy convencida de que nunca encontraré pareja, porque ningún hombre está dispuesto a convivir con una mujer tan fuerte ni con tanta personalidad como yo”. Poco después añadió con contundencia: “¡Simplemente los asusto!”. Cuando le pedí un ejemplo, Ana me confió que hacía poco tiempo había conocido en acto social a un hombre que, de primeras, le había caído muy bien. Tras un par de horas de charla amigable, él dejó caer con sutiliza que se sentía muy bien con ella y le gustaba su manera de ser. Ana instintivamente pensó: “Realmente lo único que busca es una relación sexual superficial; si me conociese mejor se sentiría amenazado y echaría a corre”. Alos pocos minutos, sintió un impulso irresistible de huir, se inventó una urgencia, se disculpó y desapareció apresuradamente sin dejar rastro. Después de recapacitar junto sobre quién realmente había asustado a quién, llegamos a la conclusión de que quien se había sentido amenazada fue ella y no a la inversa, como apuntaba erróneamente su teoría. El argumento que Ana utilizaba para justificar su visión negativa y agorera de las perspectivas de forjar una relación, aparte de cuestionable, era tan tajante y global que incluso en una situación prometedora, como la del ejemplo, no permitía la más mínima consideración o el menor margen de esperanza.

Paul Watzlawick, profesor de Psicología de la Universidad de Stanford, describe con ironía en “El arte de amargarse la vida”, las consecuencias negativas de esta forma pesimista de pensar que practican inconscientemente algunas persona. En este ejemplo, Watzlawick aborda la perspectiva del pasado: “Casi todos podemos conseguir ver el ayer a través de un filtro que sólo deje pasar la luz de los bueno y lo bello. Y si este truco no funciona, podemos recordar nuestra niñez como una época de la que no echamos de menos ni un solo día. En cambio, los aspirantes a la vida amarga ven únicamente lo penoso del pasado, o valoran la juventud como una edad de oro perdida para siempre, lo que se convierte en una fuente inagotable de nostalgia y de aflicción”.

Otra faceta de nuestra forma de pensar es el estilo que utilizamos para explicar los sucesos que nos afectan. El modelo desarrollado por Martín Seligman que describí en el capítulo sobre los ingredientes del optimismo es muy útil. Seligman analizaba la “permanecía” o duración del impacto de los sucesos, la “penetrabilidad” o extensión que le asignamos a sus efectos, y la “personalización” o grado de responsabilidad personal que estamos dispuestos a asumir por lo ocurrido. Ahora, a modo de ilustración, consideremos la explicación que Antonio da a la explosión de enfado de la esposa porque al llegar a casa cansada del trabajo debe afrontar un disgusto de poca importancia: “Isabel es la persona de peor humor del mundo”. Tal valoración es ciertamente más pesimista y demoledora que una explicación menos global como por ejemplo: “Isabel está hoy más enfadada que nunca”. Si por el contrario es el marido quien pierde los papeles y hace un comentario hostil sobre ella, la explicación de Isabel “todos los hombres son abusones y en el fondo odian a las mujeres” es menos útil a la hora de tratar de entender, abordar y zanjar una agresión verbal por parte de Antonio, un hombre concreto, que “ Antonio está actuando de una forma injusta y machista”.

Ante situaciones afortunadas, ciertas explicaciones estimulan la autoestima más que otras. Por ejemplo, “me seleccionaron para el equipo de rugby porque soy un buen atleta”, es más reconfortante que “me eligieron para jugar porque soy corpulento”. Por la misma razón, la explicación de “nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo buenos reflejos” es más positiva que “¡ no nos matamos de milagro!”.

A la hora de juzgar las circunstancias que nos afectan, son preferibles las explicaciones que minimizan el impacto de los infortunios o facilitan comparaciones ventajosas entre lo sucedido a nosotros y a los demás. En otoño de 2004, por ejemplo, los vecinos de la ciudad de Pensacola, en la costa de Florida, retornaron a sus casas desde los refugios después de que amainara el devastador huracán Iván, y se encontraron con sótanos inundados, tejados destrozados, árboles arrancados de cuajo, y postes de la luz por los suelos. Pese a este panorama de desolación, muchos se consolaban con el antiguo axioma de “podría haber sido peor”. El diario The New York Times citaba incluso las palabras de una niña de diez años a su madre al ver su casa convertida en una gran pila de escombros: “Mamá, lo hemos perdido todo, pero tenemos la suerte de estar vivas!”. Meses más tarde ejemplos como éste se multiplicaban entre los supervivientes del apocalíptico maremoto que arrasó las costas de una docena de países del sur de Asia, en las Navidades de 2004.

En un sentido parecido, el psiquiatra Víctor E. Frankl, nacido en Viena en 1905, sugirió que para superar la adversidad es muy útil encontrarle algún aspecto positivo. Para ilustrar su consejo relató la siguiente anécdota:

”En una ocasión, un viejo médico me consultó sobre la fuerte depresión que padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa que había muerto hacía dos años y a quien él había amado por encima de todas las cosas. En vez de decirle nada le hice la siguiente pregunta: “¿Qué habría sucedido, doctor, si usted hubiese muerto primero y su esposa le hubiese sobrevivido?”. “Oh”, respondió, “para ella hubiera sido terrible, habría sufrido muchísimo”. A lo que le repliqué: “lo ve, doctor, usted le ha ahorrado a su esposa todo ese sufrimiento, pero ahora tiene que pagar por ello sobreviviendo y llorando su muerte”.
En otro ejemplo, Frankl, quien estuvo internado un par de años en varios campos de concentración nazi durante la segunda guerra mundial, nos cuenta su experiencia cuando fue transportado a la estación de Auschwitz, donde se realizaba la primera selección de los detenidos que irían a trabajar y los que serían eliminados inmediatamente en los hornos crematorios: “Como el hombre que se ahoga y se agarra a una paja, mi innato optimismo, que tantas veces me había ayudado a controlar mis sentimientos en las situaciones más desesperadas, se aferró a este pensamiento positivo: algunos prisioneros tienen buen aspecto, parecen estar de buen humor, incluso se ríen, ¿quién sabe?, tal vez consiga compartir su favorable posición y viva para contarlo”.

Hay posturas optimistas generales que, en el fondo, reflejan miedo a las consecuencias de una visión positiva. Basta citar estas frases muy comunes: “si me dejo llevar por el optimismo seguro que me desilusiono”, “pensar positivo es engañarse a uno mismo”, o “el optimismo es peligroso porque te ciega y no te deja ver la realidad”. Quienes las adoptan tienen tendencia a distorsionar negativamente los hecho para evitar que éstos apoyen la premisa de que el optimismo es bueno. Son individuos que se centran prioritariamente en los fallos o los defectos de las cosas, y pasan por alto los aspectos positivos de cualquier situación. Por ejemplo, cuando son evaluados en el trabajo sólo se fijan en los comentarios negativos del jefe e ignoran o niegan los positivos. Algo similar ocurre cuando se empeñan en menoscabar una situación favorable con una coletilla desfavorable: “pues sí, soy competente en mi trabajo, pero de qué me sirve si a mi familia no le interesa”. Las lecturas negativas del pensamiento de otros, tanto si son imaginarios como equivocadas, también fomentan la amargura y el desaliento: “yo sé que estará pensando que soy una idiota” o “mi novia me va a dejar, lo sé”, a pesar de que la otra persona no dio indicación alguna de lo que pensaba. Otra distorsión frecuente consiste en ver las cosas en categorías drásticas y “buenas” y “malas”, “siempre” y “nunca”, “todos” o “ninguno”, sin términos medios, o en creer que todo lo que no es perfecto es un fracaso.

Un grupo de pensamientos negativos que minan la autoestima obedecen a lo que podemos llamar la tiranía del debería. Esto ocurre cuando la persona piensa que está absolutamente obligada a ser, a sentir o a comportarse de forma utópica, incongruente con su personalidad, incompatible con la situación o simplemente imposible de realizar para cualquier ser humano. Los ejemplos abundan:
• “ Debería estar siempre de buen humor”
• “Nunca debería impacientarme”
• “Debería tener 15 o 20 amigos íntimos”
• “A mis 60 años y con un triple bypass debería subir corriendo por las escaleras al noveno pisos sin ahogarme”

Estas expectativas irracionales e inalcanzables suelen nutrir sentimientos de fracaso, de culpa, de desmoralización e incluso de odio hacia uno mismo. Atención: el optimismo no se escapa de la tiranía del debería. No son pocos los pacientes profundamente deprimidos que se han recriminado sin piedad en mi presencia tras lamentarse de esta forma:
• “Debería estar sonriente cuando me levanto por las mañanas y le doy los buenos días a mi mujer”
• “Debería organizar un baile en mi casa para celebrar la promoción de mi hijo”
• Etc.

Si entramos en un contexto más general, hay tres supuestos pesimistas, tan antiguos como populares, que a menudo sirven de base justificativa de esa visión deprimente y fatalista del mundo y sus ocupantes. Ya he tratado este punto en obras anteriores. No obstante, confieso que no pasan mucho días sin que me encuentre a alguna persona estancada en el derrotismo a causa de estas nefastas e irreales quimeras.

Una es la creencia de que los mortales somos seres malévolos por naturaleza. Esta idea explica el que tanta gente se asombre o exprese incredulidad ante noticias de gestos abnegados o altruistas. También explica los intentos que hacen tantos críticos sociales para buscar motivos interesados o en estas conductas bondadosas. El siguiente comentario de Paul Watzlawick viene al caso: “ para atizar la duda sobre el desinterés y la pureza de intenciones de quien ayuda a un semejante basta preguntarse ¿ lo hace para impresionar, para causar admiración, para obligar al otro a estar agradecido, para acallar sus propios remordimientos de conciencia...?. El poder de pensamiento negativo casi no tiene fronteras, pues el que busca encuentra.

El pesimista busca por todos lados el talón de Aquiles y descubre que el honrado bombero es de hecho un pirómano inhibido; que el valiente soldado da rienda suelta a sus impulsos suicidas inconscientes o a sus instintos homicidas; que el policía se dedica a perseguir criminales para no volverse él mismo un criminal; que todo cirujano es un sádico disfrazado; que el ginecólogo es un voyeur; y que el psiquiatra quiere jugar a ser Dios. Ahí tienen, así de sencillo es desenmascarar la podredumbre de las personas”.

Pese a la popularidad del “piensa mal y acertarás”, cada día se acumulan más datos científicos que demuestran que los seres humanos heredamos y transmitimos la bondad a través de nuestro equipaje genético. Por otra parte, cualquiera que observe sosegadamente a sus allegados y a los miembros de la comunidad en la que vive, no tendrá más remedio que reconocer que la gran mayoría es gente pacífica, generosa y solidaria.

Una segunda generalización pesimista, igualmente desencaminada, es la que afirma que la humanidad nunca ha vivido en tan pésimas condiciones y el futuro se vislumbra aún peor. Todos conocemos personas para quienes las continuas y espectaculares mejoras experimentadas en mortalidad infantil, esperanza de vida, educación, libertades individuales, derechos de las mujeres y de los niños, no hacen la más mínima mella en su visión implacable del negro destino del género humano. La realidad, sin embargo, es que si repasamos nuestra historia, resulta muy difícil negar que a pesar de sus muchos altibajos, el progreso del mundo ha sido evidente. Y en cuanto al futuro de nuestra especie, quizá con la excepción dela célebre Casandra que, dotada por Apolo del don de la profecía vaticinó acertadamente la masacre de los troyanos a manos de los griegos, todos los profetas agoreros y demás visionarios que han profetizado un final apocalíptico han desbarrado escandalosamente, des Jeremías a Herbert Wells, pasando por san Juan, Zoroastro, Nostradamus y Thomas Malthus, por citar a un pequeño mosaico de pesimistas empecinados a quienes la historia ha puesto en evidencia.

La tercera declaración pesimista sin base científica alguna es que la humanidad es irremediablemente desdichada. Esta idea se sustenta día a día de las desgracias y calamidades que arrojan continuamente los medios de comunicación, y captan nuestra atención. En el fondo no podemos evitar sentirnos atraídos e incluso fascinados por las tragedias. Sin embargo, cientos de estudios internacionales demuestran que, en circunstancias normales y en términos globales, los hombres y las mujeres se sienten razonablemente dichosos. En los últimos quince años un grupo de especialistas europeos y estadounidenses – como Michael Lykken, David Myers y Ruut Veenhoven- han examinado metódicamente el grado de dicha de las personas. Sus investigaciones han confirmado una y otra vez que entre el 70 y el 80 por ciento de los habitantes del planeta se considera contento con su vida. Su nivel de dicha es independiente de la edad, sexo, posición económica, la apariencia física, la ocupación, el coeficiente de inteligencia o la raza. Por cierto, en los últimos años –quizá como resultado de mi inolvidable experiencia con Robert en el hospital Coler Memorial- suelo concluir mis conferencias sobre la salud o el bienestar de las personas haciendo al público la siguiente propuesta:

- en primer lugar, les animo a que se concentren y evalúen interiormente su “satisfacción con la vida en general”. - Lo de “en general” es importante, pues quiero evitar se dejen influir por alguna molestia o preocupación que les esté afligiendo en ese momento.
- A continuación, les pido que se imaginen una escala graduada de 0 (muy insatisfechos) al 10 (muy satisfechos).
- Acto seguido, les ruego que todos aquellos que se den un 5 ó más alcen el brazo.
- Sin excepción la levantada de brazos es contundente. Pero no menos masiva es la sorpresa que se llevan los presentes. Ya sé que no se puede descartar la posibilidad de que algunos exterioricen un nivel de satisfacción que realmente no sienten. Pese a eso, la deducción más razonable es que si una persona declara estar satisfecha es porque lo está. No he conocido a nadie feliz que no piense que lo es.

El poder seductor de estas tres generalizaciones pesimistas y erradas se basa en que sirven de justificación a mucha gente a la hora de plantearse en su opinión fatalista y de aferrarse a una visión resignada del mundo y sus residentes. Yo diría, sin embargo, que la perspectiva más provechosa y sensata de la vida no les pertenece a quienes se lamentan de la humanidad sin considerar sus atributos positivos, sino a quienes la celebran después de haber sopesado los aspectos negativos.

Gracias a la gran capacidad humana de razonar, de aprender y de cambiar, las personas que se lo proponen están dispuestas a invertir su tiempo y esfuerzo en el empeño, tienen posibilidad de aumentar su predisposición natural al optimismo. Todo ello –aclarémoslo- sin perder la aptitud para distinguir entre fantasía y realidad. Ejercer de optimista realista, por un lado, consiste en promover con regularidad estados de ánimo positivos mediante estrategias destinadas a aumentar la satisfacción que extraemos de las diversas parcelas de la vida. Por otro lado, implica moldear nuestra forma de pensar con el fin de maximizar las percepciones, explicaciones y perspectivas favorables de las cosas, incluyendo la valoración del esfuerzo que uno invierte en este ejercicio.

La estrecha vinculación que existe entre nuestro estado emocional y nuestros pensamientos nos ofrece la oportunidad de fomentar la disposición optimista trabajando simultáneamente en el estado de ánimo y en la forma de pensar. De esta manera, al mismo tiempo que plasmamos nuestros sentimientos positivos en nuestras explicaciones de las cosas, también podemos modular nuestras emociones con pensamientos positivos.



Luis Rojas Marcos
“La fuerza del optimismo”

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