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Martes 26 de Septiembre del 2017

Cultivar estados de ánimo positivos

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“Quienes dejan de fijarse en el polvo que la criada no ha limpiado, en las patatas que la cocinera no ha cocinado, o en el hollín que le deshollinador no ha deshollinado... notarán que la vida es mucho más agradable que cuando se sentían constantemente preocupados o irritados por estas cosas.”


BERTRAND RUSSELL,
La conquista de la felicidad, 1930

 

En los últimos cincuenta años, gracias al mejor conocimiento que tenemos sobre el funcionamiento del cerebro y los procesos que regulan la toma de decisiones de las personas, se ha llegado a la conclusión de que los sentimientos desempeñan un papel fundamental en la forma de pensar y de interpretar el mundo. Determinados centros cerebrales –por ejemplo, el hipotálamo y la amígdala-, que están encargados de elaborar y modular las emociones, estimulan a su vez las neuronas especializadas en razonar. Como resultado, existe una coherencia entre lo que sentimos y lo que pensamos.

Quienes logran mantener en general un estado de ánimo moderadamente alegre tiene altas probabilidades de tener una disposición optimista. Está demostrado que un estado de ánimo positivo estimula recuerdos placenteros y bloquea las memorias desagradables. Por el contrario, las personas que se sienten tristes tienden a evocar preferentemente experiencias negativas y a olvidar las positivas. En cuanto a la visión del futuro, los individuos alegres se inclinan a predecir hechos favorables y a considerar que serán beneficiados por ellos, mientras que las personas desalentadas tiene una alta propensión a augurar infortunios y a anticipar que serán víctimas de ellos. Esto ocurre incluso en individuos a quienes se induce artificialmente a sentirse alegres o tristes antes de preguntarles su opinión sobre el futuro.

Es evidente que no tenemos control sobre la miríada de factores que influyen en nuestro estado de ánimo; desde el equipaje genético hasta la personalidad, pasando por la salud física y mental, las condiciones del medio o los sucesos inesperados que nos afectan. Pero no es menos cierto que podemos alimentar nuestras emociones positivas y programar situaciones que las favorezcan.

El filósofo español José Antonio Marina no hace mucho me corroboró en persona el optimismo que emana de su obra. En su interesante ensayo “El laberinto sentimental”, Marina sugiere que para reformar nuestra personalidad afectiva, con el fin de distrutar más de la vida, es necesario añadir sentimientos esperanzadores que, sin menoscabar la razón y la prudencia, permitan “hacer del náufrago un navegante”.

Lo que voy a sugerir a continuación es bastante obvio, pero lo hago porque al igual que Paul Watzlawick nos advierte en la cita del principio, yo también sé por experiencia que las ideas más sencillas y útiles a menudo se nos escapan en la vorágine cotidiana, y cuando las evocamos con intención de llevarlas a cabo nos damos cuenta de que no son nada fáciles de practicar. Cualquier trabajo que realicemos para cultivar emociones positivas implica identificar y fomentar las situaciones bajo nuestro control que nos producen sentimientos de satisfacción, y tratar de eliminar, o al menos reducir, aquellos que nos entristecen. En este sentido, la evidencia acumulada apunta consistentemente a los beneficios de concentrar nuestros esfuerzos en ciertas áreas bastante universales, empezando por las relaciones con otras personas.

Numerosas investigaciones respaldan la noción de que los individuos emparejados o que forman parte de un hogar familiar, de un círculo de amistades o de un grupo solidario con el que se identifican, se consideran más satisfechos emocionalmente que quienes viven solos, aislados o carecen de una red social de apoyo emocional. Intercambian emociones y pensamientos, dar y recibir afecto, y aceptar y ser aceptados por los demás son actividades que estimulan estado de ánimo positivos.

No me canso de resaltar los beneficios emocionales que nos aporta hablar. Gracias a lo vínculos que existen entre las palabras y las emociones, hablar no sólo nos permite desahogarnos y liberarnos de las cosas que nos preocupan, sino experimentar los sentimientos placenteros que acompañan a la comunicación entre personas queridas. De hecho, evocar, ordenas y verbalizar nuestros pensamientos en un ambiente acogedor es siempre una actividad gratificante. Por eso, somos muchos –aunque no lo digamos- los hombres y las mujeres que cuando no contamos con interlocutores humanos hablamos al perro, al gato, al pajarito o a la planta que viven en casa. Y no pocos nos sentimos mejor cuando hablamos con nosotros mismos, eso sí, en alto.

Las ocupaciones o actividades que nos estimulan física o intelectualmente, que nos permiten practicar y desarrollar nuestras aptitudes y talentos, y que exigen un grado moderado de esfuerzo inducen sentimientos gratos de utilidad y competencia. En general, invertir energía en perseguir objetivos alcanzables es una estrategia más eficaz que trabajar para evadir desenlaces negativos. Por ejemplo, la persona que para evitar ser rechazada por los demás se empeña en aislarse y huir de las actividades sociales, paga un alto precio por meterse en su trinchera y, a la larga, empeora su situación. Sin embargo, si esta persona logra enfrentarse a las dificultades que le supone relacionarse con los otros, casi siempre se verá recompensada, aunque sólo sea por haberlo intentado.

A medida que se prolonga la duración de la vida y que la tecnología permite reducir el número de horas laborables, la calidad del tiempo libre se revaloriza y su influencia sobre el estado de ánimo se hace más significativa. Hoy existe un abanico interminable de ofertas para avivar las emociones positivas durante el tiempo de ocio. Una buena fórmula es adoptar una dieta regular de pequeñas actividades refrescantes, reunirnos con amigos, disfrutar de una comida sabrosa o una música grata, pasear por el parque , hacer deporte o salir de excursión. Y no olvidemos el poder explosivo del humor. Su función primordial es actuar de purgante y liberarnos de sentimientos negativos.

Un estudio reciente sobre actividades diarias placenteras, llevado a cabo por el psicólogo y economista Daniel Kahneman, y una provocativa encuesta de la revista Time coinciden en que, al menos en Estados Unidos, las actividades más populares para mejorar el estado de ánimo son las siguiente:
• Hablar con amigos o familiares
• Escuchar música, rezar o meditar
• Darse un baño o una ducha
• Jugar con un animal doméstico
• Hacer ejercicio
• Comer
• Darse una vuelta con el coche
• Tener relaciones sexuales

Entre las madres que trabajan fuera de casa, algo tan sencillo como ver a solas un programa de televisión entretenido es una manera más agradable de pasar el tiempo que salir de compras, cocinar o cuidar de los hijos.

Las pequeñas cosas agradables que nos ocurren en la vida cotidiana tienen una marcada influencia sobre nuestras emociones, actitudes y conductas. Por ejemplo, hechos sencillos como encontarnos inesperadamente una moneda en el depósito del cambio de un teléfono público, ver unos minutos una película de risa, recibir un ramo de flores y otro pequeño regalo, o enterarnos de que hemos ejecutado bien una tarea, son suficientes para aumentar nuestro nivel de optimismo. Esos momentos de alegría moderada tienen además un impacto importante en las decisiones que tomamos, en la creatividad que empleamos para resolver problemas, en la memoria, en la capacidad para aprender, en la motivación para embarcarnos en un nuevo proyecto y en la forma de relacionarnos con los demás.

Como contraste, lo que nos puede dar una felicidad intensa y repentina no mejora necesariamente nuestra disposición a ver las cosas de forma positiva. Por ejemplo, estados emocionales de gran euforia o júbilo producidos por sustancias estimulantes o por acontecimientos extraordinarios interrumpen el ritmo del funcionamiento cerebral y requieren ajustes mentales importantes en la persona. Por ello, desde el punto de vista de estimular la disposición optimista que promueva la sociabilidad, facilite la toma de decisiones y la solución creativa de problemas en el día a día, quizá sea más beneficioso encontrarse cinco euros en la calle que ganar cinco millones en la lotería.

Para mantener un espíritu vital es importante vivir inmersos en la laboriosidad. En los últimos 25 años se ha confirmado repetidamente que los hombres y las mujeres que ejercitan con regularidad las funciones del cuerpo y las facultades del alma –la memoria, el entendimiento y la voluntad- tienden a disfrutar de un estado de ánimo más positivo que quienes no practican estas capacidades. La evidencia científica de los efectos positivos y placenteros de la actividad física y mental en nuestro estado de ánimo es sin duda convincente. El ejercicio físico regular no sólo nos permite resistir mejor las contrariedades que pueden minar nuestro entusiasmo, sino que aumenta la producción de endorfinas, las hormonas que ejercen efectos agradables, y además favorece la calidad de nuestro reposo.
Las personas que se prestan desinteresadamente a ayudar a los demás, aunque no sea más de una hora a la semana, comparadas con quienes no ofrecen ningún tipo de ayuda desinteresada, sufren menos de ansiedad, duermen mejor y son más proclives a mantener una perspectiva más favorable de la vida. Voluntariar –un verbo que no existe todavía en las lenguas románicas pero sí en las germánicas, como el inglés- es bueno para el estado de ánimo. Siempre me gusta recordar la receta de la escritora francesa Simone de Beauvoir para nutrir nuestro entusiasmo: “Dedicarnos a otras personas, a grupos o a causas, y vivir una vida de entrega y de proyectos”. Ayudar a los demás también es ayudarse a sí mismo. El bien común nos favorece a todos.
En la actualidad, las actividades espirituales, incluyendo la meditación, los rezos, los cánticos religiosos y los ritos místicos en grupo, gozan de gran popularidad como fuente de emociones positivas. De hecho, en los últimos cinco años, con la clara y curiosa excepción de los países de Europa Occidental, las religiones de muy diversa denomi8nación están en ascenso en el mundo. Como apunta la escritora inglesa Karen Armstrong en “Una historia de Dios” (1993), a pesar de la esencia fundamentalmente imaginaria y abstracta de las religiones, lo que de verdad importa es que sean prácticas. Según ella, es mucho más importante que una idea particular sobre Dios funcione y cumpla su objetivo a que sea lógica o racional. También es cierto que mucha gente disfruta construyendo su propia espiritualidad sin dioses ni anhelos de eternidad. Sus voces internas de esperanza se alimenta de ideales positivos como el amor, la justicia, la libertad o la creatividad. Tampoco faltan quienes se regocijan conectándose con algún aspecto del universo, como la salida o puesta de sol, o la brisa del mar.

Finamente, para fomentar nuestro optimismo o, por lo menos , para proteger el que ya tenemos, resulta muy eficaz diversificar nuestras fuentes de satisfacción y compartimentarlas. Las personas que desempeñan a gusto varias actividades diferentes e independientes disfrutan más de la vida en general y soportan mejor los contratiempos. Esto es, una ocupación estimulante puede amortiguar el golpe de un fracaso familiar. Lo mismo que los inversores reparten su capital en diversos negocios, es bueno diversificar las parcelas de satisfacción en nuestra vida.


“La fuerza del optimismo”
Luis Rojas Marcos 

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